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LOS
AZULEJOS DEL CONVENTO DE SANTO DOMINGO EN LIMA Alfredo García Portillo |
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En pleno centro
limeño se encuentra el convento de Santo Domingo, un convento que
tardó más de cinco décadas en levantarse y que no estuvo concluido
hasta finales del siglo XVI. No se trata de un convento más, entre
sus paredes vivieron personajes tales como San Martín de Porres o
San Juan Macías y en su interior se encuentra el sepulcro de Santa
Rosa de Lima.
Cuando accedimos al claustro tuvimos la sensación de que una pequeña, quizás minúscula si se quiere, parte de Sevilla estaba allí presente, la decoración del patio está realizada con espléndidos azulejos sevillanos y los colores e imágenes que en él se representan nos evocaron en cierta forma a Triana y, es que entre 1604 y 1606, se colocan los azulejos del claustro principal que fueron traídos a Lima desde Sevilla, ciudad en la que los fabricó el taller de Hernando de Valladares. A partir de entonces, fray Francisco de Avedaño encargará al ceramista Garrido la continuidad de la obra, encontrándose la inscripción “me fecit Garrido” en la actual composición de los azulejos del patio. Según se estipuló en el contrato debían ser unos 6.000 azulejos grandes, debiendo ser los chicos cuantos fueran necesarios y del mismo tipo que los de la sala de palacio.
El enorme
claustro está decorado por azulejos en todas sus paredes hasta una
altura de 240 cm y que culmina en una cenefa en la que se
representan los grandes personajes de la orden dominica. En los
grandes paneles de azulejos sevillanos se intercalan algunos de tipo
limeño y que se caracterizan por una superficie más porosa y sin el
vidriado de los españoles.
Existen paneles
de azulejos fechados desde 1604 – 1606 hasta 1640, apareciendo en
algunos de ellos reflejado el nombre de la localidad de ejecución:
Sevilla.
También posee
otras muestras de arte cerámico el convento. Se trata de dos
retablos, de San Martín de Porras y de San Juan Macías que flanquean
la entrada principal al ante recinto del claustro bajo.
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| Texto y fotografías de Alfredo García portillo. Septiembre 2008. |