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LOS
AZULEJOS DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO EN LIMA, Alfredo García Portillo |
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El ceramófilo tiene
en Lima varias zonas de interés, no solo se trata del paseo por los
barrios residenciales de Miraflores o San Isidro para contemplar en
las puertas de las casas algún que otro retablo cerámico. Hay que
acudir al centro, tarea ardua en una ciudad que de norte a sur ocupa
una extensión cercana al centenar de kilómetros, y penetrar en
iglesias y conventos. Ya la iglesia de San Pedro, antigua de la
Compañía de Jesús, muestra un especialmente atractivo zócalo de
azulejos sevillanos, que da un empaque verdaderamente único al
templo, pero que no presenta episodios de cerámica devocional
alguno. Será en dos recintos en los que básicamente se encuentren
muestras de este tipo: El convento de Santo Domingo y el convento de
San Francisco.
El convento de San Francisco fue instalado en un solar cedido por Francisco Pizarro y dispone de magníficos azulejos sevillanos tanto en la portería, hoy lugar de entrada al museo de las catacumbas, como en el claustro. Ya en el siglo XIX, el escritor peruano Ricardo Palma, relata deliciosamente en sus "Tradiciones peruanas" una historia que bajo el nombre de "Los azulejos de San Francisco" cuenta la historia de un hombre que siendo llevado a la horca, fue rescatado de una muerte segura merced a la intervención del guardián del convento de San Francisco, quien acudió al virrey intercediendo por él, con la condición de que el que iba a ser ajusticiado, vestiría el hábito de lego y no pondría nunca los pies fuera de las puertas del convento, recayendo en el reo la tarea de colocar los azulejos. El relato en cuestión es pródigo en detalles y referente a los azulejos de la portería relata la forma en la que fueron donados y que no me resisto a transcribir: “Diz que existía en Lima un acaudalado comerciante español, llamado Juan Jiménez Menacho, con el cual ajustaron los padres un contrato para que los proveyese de madura para la fábrica. Corrieron días, meses y años sin que, por mucho que el acreedor cobrase, pudiesen pagarle con otra cosa que con palabras de buena crianza, moneda que no sabemos haya nunca tenido curso en plaza. Llegó así el año de 1638. Jiménez Menacho, convaleciente por entonces de una grave enfermedad, fue invitado por el guardián para asistir a la fiesta del Patriarca. Terminada ésta, fue cuestión de pasar al refectorio, donde estaba preparado un monacal refrigerio, al que hizo honores nada menos que su excelencia don Pedro de Toledo y Leyva, marqués de Mancera y decimoquinto virrey de estos reinos por su majestad don Felipe IV. Jiménez Menacho, cuyo estómago se hallaba delicado, no pudo aceptar más que una taza de chocolate. Vino el momento de abandonar la mesa, y el comerciante, a quien los frailes habían colmado de atenciones y agasajos, dijo inclinándose hacia el guardián: -Nunca bebí mejor soconusco, y ya sabe su reverencia que soy conocedor. -Que se torne en salud para el alma y para el cuerpo, hermano. -Que ha de aprovechar al alma no lo dudo, porque es chocolate bendito y con goce de indulgencia. En lo que atañe al cuerpo, créame su paternidad que me siento refocilado, y justo es que pague esta satisfacción con una limosna en bien de la orden seráfica. Y colocó junto al pocillo el legajo de documentos. Todos llevaban su firma al pie de la cancelación. Pocos años después moría tan benévolo como generoso acreedor, que obsequió también al convento las baldosas de la portería.” En ella se lee
aún esta inscripción:
Por otra parte
la citada tradición indica también quién hizo la donación de los
azulejos y el problema de su colocación: Años hacía, pues, que los azulejos estaban arrinconados, sin que se encontrase en Lima obrero capaz de arreglarlos en los pilares correspondientes. En la mañana en que debía ser ahorcado Alonso Godínez fue a confesarlo el guardián de San Francisco, y de la plática entre ambos resultó que el reo era hombre entendido en obras de alfarería. No echó el guardián en saco roto tan importante descubrimiento; y sin pérdida de tiempo fue a palacio, y obtuvo del virrey y de los oidores que se perdonase la vida del delincuente, bajo condición de que vestiría el hábito de lego y no pondría nunca los pies fuera de las puertas del convento. Alonso Godínez no tan sólo colocó en un año los azulejos, sino que fabricó algunos, según lo recela esta chabacana rima que se lee en los ángulos del primer claustro: Nuevo oficial trabaja, /que todos gustan de veros /estar haciendo pucheros /del barro de por acá. Por fin, Alonso Godínez alcanzó a morir en olor de santidad, y es uno de los cuarenta a quienes las crónicas franciscanas reputan entre los venerables de la orden que han florecido en Lima.”
Como puede observarse se contempla el problema de la colocación de los azulejos, se trata de organizar un buen rompecabezas al que nadie parece prestarse con ciertas garantías. Por otra parte y en otra de las tradiciones del citado autor : “Los tesoros de Catalina Huanta”, volvemos a leer un dato sobre los primeros azulejos, esta vez indicando su coste: “Catalina
Huanca, como generalmente es llamada la protagonista de esta
leyenda, fue mujer de gran devoción y caridad. Calcúlase en cien mil
pesos ensayados el valor de los azulejos y maderas que obsequió para
la fábrica de la iglesia y convento de San Francisco.”
El claustro está formado por un gran cuadrilátero y consta de cuatro galerías, arcos de medio punto, once por lado, sostenidos por pilastras y dobles machones en las esquinas, está profusamente decorada con azulejos que muestran la siguiente tipología: Azulejos con
motivos ornamentales: dispuestos alrededor de las paredes del
claustro principal en distintas franjas. Bajo las columnas que se
encuentran en el citado claustro y a ambos lados de las figuras
representadas en ellas. Las cuatro columnas de las esquinas están
decoradas con figuras de atlantes y sobre estos un cuadrado enmarca
las cinco llagas como devoción franciscana o bien el escudo de la
orden. |
| Texto y fotografías de Alfredo García portillo. Septiembre 2008. |