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LA ICONOGRAFÍA DE LOS SANTOS EN LOS RETABLOS CERÁMICOS

Alfredo García Portillo

 
SANTA ANA

Su nombre no figura en los evangelios canónicos y va ligado al de San Joaquín su esposo, ambos son considerados los padres de la Virgen.

La naturaleza de su nombre viene dada por tradición a través de los evangelios apócrifos, figurando en el Protoevangelio de Santiago, que es el más antiguo de los que se conservan íntegros y está dedicado fundamentalmente a la natividad de María y de Cristo, siendo con sus narraciones, el que más ha influido en este sentido. El nombre de Ana figurará también en el evangelio del Pseudo Mateo, en el libro de la natividad de María y en el libro de San Juan evangelista, en este último, como una de las personas que son presenciadas en una visión que tiene lugar durante el entierro de la Virgen.

Estas historias se popularizarían a partir del siglo XIII tanto por la Leyenda Dorada, como por el Speculum Historiae.

Si seguimos su narración vemos como Joaquín al no poder concebir su mujer Ana tras veinte años de matrimonio, es expulsado del templo y al no ser admitidos sus sacrificios, abandona su pueblo y marcha a orar. Cuando su mujer Ana, se encuentra también suplicando al Señor, se presenta ante ella un ángel que le comunica que va a quedar encinta. Advertido por el arcángel Gabriel, Joaquín vuelve, su alegría es inmensa, se reúnen junto a la Puerta Dorada de Jerusalén (simbólicamente podría interpretarse como la Puerta del Paraíso) y se besan. De ese beso de auténtico amor nacería la Virgen (Inmaculada Concepción). Transcurrido el tiempo del embarazo, se produce el alumbramiento y ponen a la niña por nombre Mariam, cumpliendo el mandato del ángel. Ana y Joaquín, entregarían a la niña al templo al cumplir tres años, no saliendo de él hasta haber alcanzado los catorce años.

Siguiendo las tradiciones apócrifas, Santa Ana volvería a casarse nuevamente en varias ocasiones, así encontramos a María de Salomé y a María de Cleofás como hermanas de la Virgen en otros pasajes, siendo éstas las que acompañan a María Magdalena durante la pasión de Cristo. Estas tradiciones se popularizarán a inicios del siglo XV por las visiones de santa Coleta de Corbie, si bien tras el concilio de Trento la autoridad eclesiástica rechazó tales parentescos al considerar comprometida la memoria de Santa Ana y considerarla labe carens (sin tacha).

El culto a Santa Ana se desarrolló a finales de la Edad Media en Occidente, si bien ha de buscarse su origen en Oriente pues en Jerusalén existió una iglesia bajo su advocación en el supuesto lugar en que nació la Virgen. En 1204 se trajo de Constantinopla para su veneración la cabeza de santa Ana que se donó a la catedral de Notre Dame. Los carmelitas jugaron un importante papel en la difusión del culto de Santa Ana, al igual que el de su madre Santa Emerencia, esta última tras una visión sobre el Monte Carmelo casó con Stollanus, del que tuvo una hija que fue precisamente santa Ana.

En los retablos cerámicos encontramos varios tipos de representaciones:

La Virgen niña con Santa Ana:

A este tipo pertenecen las piezas 0226, del convento sevillano de Santa Ana y 0321, en las viñas de Peñallana de Andujar. En ambos casos la iconografía nos muestra a santa Ana enseñando a leer a su hija, tema bastante habitual y aceptado tradicionalmente a pesar de que la Virgen niña fue entregada para su educación al templo. Se trata de una cuestión que aparece a finales de la Edad Media y se populariza a partir del siglo XVI, desde entonces el libro figurará como uno de los atributos de la santa.

La triada (Santa Ana – Virgen – Niño): Se trata de tres personas unidas por vínculos de sangre, abuela, madre e hijo/nieto que se representan como una parte fragmentada de la iconografía de la parentela de María. Encontramos las siguientes fórmulas:

La pieza 0644, ubicada en Dos Hermanas nos muestra una iconografía típica en la que Santa Ana lleva a la Virgen y al Niño. La santa sitúa sobre sus rodillas a la Virgen y ésta hace lo propio con el Niño Jesús. Evidentemente se produce una desproporción por seguir un esquema arcaico que busca sobre todo la unidad. No hay que perder de vista que el Espíritu Santo, representado por una paloma blanca se sitúa por encima del retablo.

Tanto la pieza 0201, como la pieza 0088 situadas en Sevilla , nos muestran al Niño Jesús sentado entre su madre y su abuela, es también por tanto una triada pero que se muestra en horizontal a diferencia de la anterior que se presentaba en vertical, se trata de una representación que evoluciona de la anterior al objeto de respetar las proporciones de las figuras y que presenta como nexo al Niño. Este modelo iconográfico triunfa a partir del siglo XV.

Alfredo García Portillo. Julio 2008