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LA ICONOGRAFÍA DE LOS SANTOS EN LOS RETABLOS CERÁMICOS

Alfredo García Portillo

 
SANTA MARÍA MAGDALENA

La tradición de una parte y las Sagradas Escrituras de otra, juegan un muy importante papel a la hora de configurar una imagen de Santa María Magdalena.

Natural de Magdala y hermana de Marta y de Lázaro, fue amiga y discípula de Jesús. La interpretación de San Juan Crisóstomo le atribuye tradicionalmente el episodio evangélico en que una mujer procede a ungir los pies de Cristo con un caro perfume, se trata de un relato en el que no se menciona su nombre (Luc 7, 36-50) y en el que Jesús la perdona, de ahí que aparezca a menudo representada con un tarro de ungüento en sus manos (María Magdalena mirófora).

María Magdalena, pertenece al grupo de mujeres que siguen a Cristo camino del Calvario. Ya el pintor Massaccio la pinta al pie de la cruz. Con posterioridad se la refleja junto a la Virgen y a San Juan en el amargo trance de la crucifixión.

Tras ser trasladado al sepulcro el cuerpo de Jesús, vuelve a aparecer en los evangelios, siendo la primera en ver a Cristo resucitado, tema tratado en el arte a través del “Noli me tangere”, título sacado de la Vulgata.

Otros episodios evangélicos con su presencia, nos muestran a Jesús hablando con ella mientras su hermana la reprende para que la ayude en las tareas domésticas o en el momento de la resurrección de su hermano Lázaro.

Durante los episodios pasionistas aparece acompañada de las hermanas de la Virgen, María de Salomé y María de Cleofás.

En los apócrifos también encontramos su presencia, concretamente en los apócrifos de la Pasión y resurrección y más precisamente en el evangelio de Pedro (XII y XIII), donde se vuelve a reflejar el episodio de la resurrección.

En la recensión B de las actas de Pilato, que no son las originales sino una copia más tardía con refundición de las primeras, se la cita en el momento en que José de Arimatea solicita a Pilato el cuerpo de Jesús, figurando con las lamentaciones en que prorrumpe Magdalena junto con la Virgen y José de Arimatea.

También la encontramos en la Carta de Tiberio a Pilato donde se la cita como una mujer “la cual se dice discípula de Él (es María Magdalena, de quien, según se afirma expulsó siete demonios) y atestigua que Jesús obraba portentosas curaciones”.

En los apócrifos gnósticos de Nag Hammadi, se la identifica con el personaje de Mariham, del denominado evangelio de Tomás. En el mismo ciclo y en el evangelio de Felipe (32), se cita “tres eran los que caminaban continuamente con el Señor: su madre María, la hermana de ésta y Magdalena”.

Venerada como modelo de penitencia ha sido tratada en el arte como “Magdalena penitente”, difundiéndose su culto a través de Europa, a partir del siglo X. Según una tradición que sitúa su muerte en Vezélay (Provenza), siendo su impulsor el abad Godofredo, el que hacia el año 1050 instauraría la reforma cluniacense. Esta figura prevalecerá después de la Contrarreforma, si bien desde 1969 el calificativo penitente aplicado a la Magdalena, fue retirado del calendario litúrgico y la lectura del Evangelio de San Lucas cuyo episodio tratamos al comienzo del artículo, fue suprimido de la lectura evangélica en la festividad de Santa María Magdalena.

En contraposición a esta tradición, la tradición ortodoxa transmite que la Virgen, acompañada de San Juan y María Magdalena, se retiró a Éfeso, donde murió la santa.

En los retablos cerámicos de la web se la presenta al pie de la cruz acompañando a San Juan y a la Virgen, así la encontramos en los gaditanos retablos de la cofradía de la Piedad, piezas 0272 (VER) y 0274 (VER). En ambas representaciones se encuentra de rodillas y con los cabellos largos, simbolismo que se utiliza ya que con ellos procedió a secar los pies de Cristo con las lágrimas que había vertido. Las piezas 0978 (VER) y 0238 (VER), de los Vía Crucis de la población de Villaverde del Río y de la Cruz del Campo, pasan inmediatamente a representarla a los pies de Cristo tras su descendimiento y acompañando a la comitiva del traslado al Sepulcro, con un gesto transido de dolor.

Alfredo García Portillo. Julio 2008